Un paseo en bicicleta
Como casi todos los domingos, desperté tarde, tan tarde como
se puede ya que es el único día de la semana en el que realmente se descansa.
Sin embargo, consciente de mi vida, últimamente desordenada, decidí
salir a montar bicicleta, un tanto para despejar la mente y otro tanto para
hacer algo de deporte. El día estaba frio, pero eso no impidió que me ponga un
short y un polo de manga larga. Antes de salir agarré un libro, mi billetera,
mis cigarros y mis llaves y las coloqué todas en un pequeño morral. Ya listo,
me puse mis audífonos y empecé mi jornada deportiva con un poco de música de
Helloween como soundtrack del día.
Las primeras cuadras sirvieron
como calentamiento mientras encontraba el ritmo y poco a poco fui logrando la velocidad
deseada para ni cansarme, ni aburrirme. Y así, fui avanzando entre calles y
carros, evitando a las personas y al tráfico. Llegué al malecón de Miraflores y
un poco molesto me preguntaba porque las personas seguían caminando por las ciclovías
sin ver a ambos lados. Primer obstáculo, una familia joven que distinguí a unos
metros, un pequeño niño de no más de 2 años haciendo el intento de caminar y,
claro, sus padres lo animaban a que aprenda a andar solo, sin importarles o al
menos preguntarse porqué ese lado de la vereda era de color rojo. Tuve que
frenar de a pocos para finalmente quedarme parado a esperar que se den cuenta
de que su pequeño retoño estaba en medio de la ciclovía. Una vez que se
percataron de mi presencia tomaron al pequeño entre sus brazos y lo alejaron
del camino. No estoy seguro si me dijeron algo ya que cuando salgo a montar
bicicleta no me saco los audífonos por nada, ya que no me gusta que me saquen
de mis pensamientos mientras hago un poco de deporte. Seguí mi camino.
Segundo obstáculo, un gran número
de personas caminando en el parque Salazar. Era de esperarse un domingo por la
mañana ver tanta gente, por lo que sólo me resigné a pedalear lento, tratando
de no ser un fastidio para los transeúntes. Así, cuando llegué al otro extremo
del parque, camino al faro de Miraflores, crucé a la acera del frente, esa que
nadie utiliza, y así poder avanzar más tranquilo.
Casi llegando al puente Villena, noté
que no venían carros por lo que crucé nuevamente a la acera del frente, pegada
al malecón. Un ciclista pasó a mi lado, iba más rápido que yo, y me hizo un par
de señas y algo pude escuchar. Al parecer, crucé sin verlo y este tuvo que
frenar o evitar una colisión conmigo. Me sacó de mis pensamientos por un
momento y eso me molestó un poco, pero rápidamente asumí mi error y solo atiné
a pedalear un poco más lento a fin que esta persona se alejara un poco.
La temperatura bajó un poco más,
realmente tenía frio, cosa rara ya que soy un tipo “friolento” de esos que les gusta el frio, pero también de los que con
solo caminar media cuadra ya siente las gotas de sudor en la frente y la nuca,
pero eso no era un impedimento para seguir con mi viaje dominguero. Ya estaba
cerca al parque María Reiche y aun había varias personas caminado por el malecón,
no tantas como en el parque Salazar, pero aún tenía que ir con cuidado. De
repente vi a otra familia caminando en dirección contraria hacia mí por la
vereda, un hombre, su mujer y un niño, no tan pequeño (asumí que eran una
familia, hoy en día ya no se sabe). Volví a pensar cómo es que no se dan cuenta
que la mitad de la vereda es de otro color por algo, pero aun así seguí
avanzando. Cuando estuve ya muy cerca de ellos y al ver que no se enteraban de
mi presencia, estuve a punto de pedirles permiso para pasar, pero fijé mi
mirada en la mujer. Esos ojos marrones claros, piel blanca y cabello castaño se
me hicieron conocidos. Ni uno de ellos me miró, pero la reconocí, se trataba de
Isabel.
Abandoné mis pensamientos para
caer en el recuerdo de mi adolescencia, tiempo en el que tenía más amigos que
ahora y en donde los primeros intentos de amar eran peligrosos ya que éstos
lograron en mi un pavor al rechazo. Isabel era la amiga de un amigo mío que me
presentó en un quinceañero. No recuerdo de quién fue el quinceañero, no
recuerdo quiénes fuimos a esa fiesta, ni siquiera recuerdo donde fue, lo único que
recuerdo es que no podía quitarle la mirada de encima y luego de varios bailes
y una conversación torpe nos despedimos con la promesa de volver a vernos. El
tiempo pasó y las únicas noticias que tenía de ella las recibía gracias a mi
amigo, lamentablemente no surgieron más oportunidades para cumplir con esta
promesa, hasta que un día la vida nos unió de nuevo.
Unos meses más tarde, mi padre me
consiguió un empleo en el cine de Larcomar, me encargaba de vender las
entradas. Era un trabajo simple pero duro ya que las horas que demandaba ese
trabajo rozaban la explotación, pero yo no podía hacer nada ya que era un
simple mocoso que trabajaba por primera vez. “Así deben ser todos los
trabajos” pensaba.
Un buen día, apareció en mi
ventanilla Isabel. Supe de inmediato que no fue para comprar una entrada ya que
me miró sonriendo desde un inicio y cruzando los brazos sobre el mostrador me
dijo “hola”. No supe que decirle, la expresión de mi cara debió de ser muy
graciosa para que ella se riera. Lo único que nos separaba era el maldito
vidrio que tenía un micrófono en el medio. Hablamos un poco pero cuando vi que
ya se estaba acumulando el número de personas detrás de ella, le pregunté si
iba a estar por ahí ya que mi tiempo de descanso (de 10 minutos) estaba por
llegar. Muy contenta me dijo que me esperaría.
Salí corriendo en su búsqueda,
estaba sentada frente a los restaurantes de comida rápida. Le di el encuentro y
me sorprendió el saber que supo por mi amigo que yo estaba trabajando en ese
lugar y que decidió pasar a saludarme. Conversamos todo lo que pudimos, jugueteamos
un poco, incluso tapé sus manos con las mías ya que me dijo que tenía frio. Al
no ver una negativa a mi accionar, sonreí de pura emoción. Era una joven muy
linda, de buena familia y de un buen colegio, inteligente y alegre ¿Qué había hecho
yo para hacerme merecedor de tal dicha?
Al ver que mis 10 minutos se
estaban terminando, le hice saber a Isabel la mala noticia, a lo que ella muy
sonriente me dijo que no me preocupara, que me vaya a trabajar y que ya nos veríamos
luego. Nuestras miradas se cruzaron por dos o tres segundos que parecieron una
eternidad y poco a poco nos acercamos para despedirnos. Asumí muy seguro que
nuestros labios se encontrarían, pero no lo hicieron, milímetros los separaron.
Ella se fue feliz y me dejó sentado en ese mismo lugar, vi como volteo a mitad
del camino y con una sonrisa me hizo adiós con la mano. Solo atiné a devolverle
la sonrisa y terminar mi cigarrillo expulsando el humo hacia arriba.
Los días pasaron y no supe más de
ella. Dejé el trabajo para poder enfocarme en mis estudios universitarios. No volví
a ver a mi amigo puesto que este se mudó y no supe a donde y la tecnología de
esa época no era como la de ahora, simplemente les perdí el rastro a ambos.
Hoy la volví a ver, tan radiante
como aquella vez, su físico había cambiado un poco, pero se notaba que estaba
feliz. Vi al hombre que la acompañaba y se notaba que era un hombre seguro de sí
mismo. En general, se notaba que no la estaban pasando mal y también noté que ni
siquiera notaron mi presencia.
Sentí mucha envidia, ni bien pasé
por el lado de ellos mis pensamientos se transformaron en una suerte de búsqueda
de respuestas. No se trataba de una envidia hacia el hombre que acompañaba a
Isabel ni hacia ella, sino una envidia general a todos aquellos que parecieran
haber encontrado esa persona que lograra el equilibrio necesario en sus vidas.
Me pregunté que hubiera sido de mi vida si nos hubiéramos vuelto a ver, si hubiéramos
llegado a ser enamorados o novios o si tan solo nos hubiésemos besado en esa ocasión
¿hubiera sido yo el que la acompañaba hoy? Ese hombre que reflejaba tanta
seguridad en su andar con una mujer bella a su lado y un pequeño fruto del amor
entre ambos. No pude dejar de pensar en Isabel, de hecho, me percaté que había avanzado
muchísimo más de lo que tenía planeado así que tuve que dar la vuelta y
regresar, pero cambié de ruta ya que no quería volver a cruzármelos. ¿Qué hubiera
pensado Isabel si me reconocía? Yo, con la barba crecida, subido de peso y con
un short y un polo viejo, sudando como albañil, pedaleando a toda velocidad
como un quinceañero malcriado que no pide permiso mientras monta bicicleta. Me
hubiese preguntado ¿Que fue de ese joven alegre, con tantas aspiraciones a
triunfar, de hacerse una carrera y ser un personaje reconocido en el mundo de
la literatura? Finalmente me di cuenta que eso me lo estaba preguntando yo
mismo. Y es que lo que se tiene en la mente es tuyo y de nadie más, la forma
como concibes el mundo es el reflejo de tu manera de pensar y el camino que uno
recorre es el que uno mismo se forja.
Llegué al parque Kennedy sin
darme cuenta, tan solo quería sacarme a Isabel (o a mi realidad) de mi mente,
por lo que me compré un café y busqué un lugar cómodo en medio del parque. Sin
quitarme los audífonos encendí un cigarrillo y, con Stratovarius como soundtrack
del día, me sumergí en las enseñanzas de Platón, una de las cuales espero me
ayuden a forjar mi camino o al menos, que sea ese faro que todos necesitamos
vislumbrar.
Isabel… ¿Cómo se apellidaba?
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