La estupidez más grande de todas

Y se fue, triste, de regreso a casa. Las hojas se marchitaron como si otoño hubiera llegado de golpe. Las espinas se le clavaron en las manos, líneas rojas corrían y saltaban al vacío.

Una lagrima se asomó por su ojo izquierdo y saco la mano para ver si llovía. Sus pasos eran lentos y arrastrados. Era una sombra negra en la oscuridad de la noche y su cabeza una maraña de recuerdos, rencores y amores. Su cabello despeinado se volvió cano y sucio, parecía que saliera humo de él. Se borró toda expresión de su rostro, no tenía boca ni nariz, solo dos puntos blancos delataban que ojos tenia.

Noche estúpida, decisiones erradas, recuerdos vanos, soledad maldita. Hoy la volvió a ver después de tiempo. Sus ojos cansados, su sonrisa carmesí, su cabello largo y alborotado de dulce fragancia y su piel canela derrotada por el sol. 

Palabras van y vienen, recuerdos fugaces, alegrías, risas y serenidad. Su pecho se encendía cual carbón abanicado. Una invitación algo apresurada al igual que la respuesta. Ella sabía que no debía de hacerlo, pero lo hizo. Él sabía que era imposible, pero lo hizo. Discusión estrellada, noche airada, palabras sin sentido, amor de recuerdo y nada más.

Derrotado, con un cuchillo clavado en medio de su corazón va de regreso, pensando, tramando, decidiendo, muriendo, el amor, que gran estupidez, pero de todas las estupideces la más hermosa. Y es que, si la vieras caminar, si la vieras reír, entenderías esta locura que me obliga, que me hace pararme en esta silla y colocarme esta soga cual corbata.

Una sonrisa, la lágrima finalmente salió, el ramo de flores se escabulló de entre sus dedos y besó el piso mientras él la miraba, como ella lo miraba y mientras sus ojos se apagaban escucho claramente... te amo.  



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